jueves, 13 de junio de 2013

El Viento.

    Es bello el viento que recorre el espacio besando nuestro rostro, llevando la frescura a todos los hogares,  para mitigar el calor producto de la fragua, en procura del alimento sostén de la vida.
     Recorre el aire  planicies enteras y montañas, a la nubes se remonta para empujarlas hacía donde hace falta la lluvia, para regar los campos que en aras del amor brindan alimento.
     Es el viento de frondosa capa, el que prodiga sus encantos frescos,  a los seres que pisan el torso de la tierra, el que atempera la piel de sus cuerpos y quita con caricias las gotas del sudor.
     Su rostro es transparente y su cara es bonachona, con una flamante sonrisa y unos ojos querendones, de pronunciados pómulos y piel nacarina. Con sus blandos brazos  impele  a caminar; su cuerpo es perlado y de ingente tamaño, con su espalda el calor recoge llegado el ocaso, para dar la brisa a los hombros cansados, que labran con esfuerzo en pro del porvenir.
     Sus manos esponjosas aúpan los insectos en su flirteo con las flores, para que les den el néctar e intercambiar el polen, tocando con sutileza las alas de los cortejantes, que a las flores con encanto les extraen sus néctares, flotando en el aire con la mayor sutileza.-
     De este modo  los frutos nacerán y sus aromas  el viento llevará, para que al comerse sus frutos los hijos de la tierra, el aire propague las semillas y así las estirpes de sus genes se esparzan por doquier.
     Así el aire, paseará su manto alegre por los rostros de las montañas y las faldas de las sierras, el remanso de los ríos, o en el ingente mar, ahora con fresca ráfaga que estremece de frescura la arboleda ò en forma de ventarrones, que impelidos por fuertes vendavales, pasan retumbando y ante el peso de su fuerza, todo lo estremecen y sacuden a su paso.  
     Es pues el viento el gran aliado de la madre tierra, en el retoñar de sus campos cual verdes vegas, pues transporta hasta los confines del tiempo y la distancia, el mensaje de la dicha  por labrar la campiña para luego sus frutos recoger.
     Así pues el viento del paisaje de las plantas es artífice sin par, esculpiendo en ellas el moblaje del gozo por labrar la heredad. 
     Es el viento el impulsador de todos los cambios, el que empuja la bujía del progreso a los mineros libertarios, hora en la mina de cobre para extraer los mensajes de paz de las canteras de la tierra, o desde el fondo del socavón de otros minerales, donde necesitan el oxigeno todos sus habitantes. 
     Vientos que acarician a todos con la gentil blonda propicia de su encanto, que se elevan  cual suspiros  al confín del horizonte, para llevar los pergaminos de las plegarias de los hombres, por un medio ambiente mas justo, apacible y placentero,  pues las demás especies que cohabitan este mundo, compiten entre si como lo manda la lucha natural, pero sin afectar el medio que a todos los sustenta y los cobija.
     Si se capta este mensaje de equidad, dulzura y armonía; se evitaría que fuese  profanado, procreando tempestades, en forma de huracanes, tormentas y tornados,  que con sus garras todo lo arrancan y destrozan, escribiendo la inconformidad divina en los senos expuestos de la tierra, por la rotura manifiesta del hilo natural que gesta la vida.
     Así el viento en paginas de excelsa brillantes, traza su mandato trasparente: “-Si siguen alterando el seno de la atmósfera, con contaminantes y hollines putrefactos, yo (Eolo) danzaré con las nubes, mis hermanas, y en concordia con la madre Egea, traeré una era de hielo que sobrevenga al orbe-“.    
     Mientras, portadas por  el viento, las nubes  llevan a todos en sus alas, para recorrer  espacios infinitos de fulgentes coloridos, en la esbeltez de la perfección de este globo celestial, para arrebatar siempre a todas las especies y guiarlas a donde la bonanza colme su necesidad.   
     Y así el cortejo de las nubes raudo sigue su marcha por las bitácoras de los lapsos,
para diariamente prodigar su más blanco retozo desde la carrosa de los céfiros, a todos los núcleos que habitan el vergel del ancho mundo, en la perdurable alba de las primeras relumbras del preludio madrugador...

S. Gerardo B.  Gamboa.

Septiembre de 2010. 

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